Desde el inicio de los tiempos siempre ha habido seres humanos que, por A o por B, cambiaron su vida por completo. Y otros tantos homínidos, mientras tanto, trataban de hacer «las cosas que haría alguien que ha cambiado de vida». Desde fuera parece lo mismo: los dos entrenan, comen mejor, se levantan antes, leen, organizan sus semanas…
Pero no es lo mismo.
Unas personas están construyendo una identidad. Y las otras están interpretando un papel.
Y, al principio, esto no tiene nada de malo. De hecho, casi todos empezamos un poco así. Copiamos. Probamos. Ensayamos. Hacemos cosas que todavía no sentimos nuestras, pues hemos de empezar por algún sitio. El asunto se pone espinoso cuando transcurren los meses, los años… y sigues llevando puesto el disfraz. Continúas haciendo ejercicio porque “hay que hacerlo”, te mantienes comiendo bien porque “esto es lo correcto”, sigues levantándote temprano porque algún millonario de internet dijo que, si no te despiertas a las cinco de la mañana, eres escoria.
Entonces un día claudicas. Y regresas.
Retornas al sofá. Das la bienvenida de nuevo al tabaco y a la comida de antes. Vuelves a la forma de pensar de antes. Vuelves a ti.
O, mejor dicho, regresas a quien nunca dejaste de ser.
El problema no era el entrenamiento, ni la dieta, ni el horario, ni la famosa falta de disciplina.
Cuando solamente te dedicas a la interpretación de la obra de teatro «Lo que se supone que hay que hacer», más pronto o más tarde, terminará la función.
Se apagarán las luces, el público se irá…
…te quitarás el disfraz…

Y de vuelta a tu puta casa.
I. UNA CASA EN LA QUE TODAVÍA NO VIVES
Imagina que quieres mudarte. Otra casa, otro lugar, otra sensación al abrir la ventana.
Has visto la casa en internet, y te encanta. Es luminosa, tiene una cocina enorme y una terraza estupenda… Ah… En ella encontrarás ese tipo de salón en el que uno imagina que se sentará a leer libros interesantes, mientras toma un cafetito.
La puerta principal, sin embargo, está cerrada.
Tú eres una persona de acción, así que decides que eso no va a detenerte. Compras una mesa y la colocas delante de la puerta. Luego una silla. Después una planta. Una tostadora. Dos cojines. Una lámpara de pie. Empiezas a vivir delante de la casa. Comes allí, trabajas allí y, con algo de creatividad y una manguera, consigues incluso ducharte.
Desde fuera, parece que vives en la casa. Tú mismo empiezas a decir que vives allí.
Pero no.
Sigues en la acera.
Esta situación «un poco chorra» es bastante parecida a lo que hacemos cuando intentamos producir un cambio importante exclusivamente mediante acciones o declaraciones contundentes como «¡lo voy a conseguir!» Queremos convertirnos en alguien distinto, así que hacemos las cosas que ese alguien haría. Entrenar, leer, comer mejor, ahorrar, meditar, estudiar, emprender, ordenar el escritorio…
Todo eso puede ser útil, claro. Las acciones importan una barbaridad y, sin ellas, no ocurre nada.
Sin embargo, es trascendental de dónde nacen esas acciones. Pues para hacer algo realmente significativo primero has de hacerte una pregunta crucial. Una que no solemos responder porque no es algo tan tangible como salir a caminar, y tampoco podemos marcarla como «completada» en una aplicación.
Y además es incómoda.
¿Qué tendría que cambiar dentro de mi para que esta nueva forma de vivir dejara de parecer prestada?
¿Cuáles van a ser mis prioridades? ¿Y por qué? ¿Por qué me importa tanto cambiar?
Algunos llevan años comprando muebles para una casa de cuya puerta nunca tuvieron la llave..

II. CORRIENDO POR CAUSAS DISTINTAS
Pensemos en dos personas que salen a correr un martes a las siete de la mañana.
La primera corre porque le han dicho que es bueno. Quizá su médico. Quizá su entrenador. Puede que haya sido un tipo sin camiseta en TikTok, que habla de mitocondrias y disciplina.
Da igual.
Corre porque toca.
Cada paso le parece una pequeña agresión administrativa. Mira el reloj cada veinte segundos. Han pasado cuatro minutos y le parece que hayan pasado diecisiete horas. Termina, vuelve a casa y siente alivio, no porque haya disfrutado o entendido algo, sino porque la condena ha terminado.
La segunda persona también lo sufre. Al contrario de lo que piensan algunos vecinos que fisgan desde su correspondiente domicilio, ese humano no escucha la melodía de Ares y Zeus 24/7. Hay días en los que preferiría quedarse en casa viendo cualquier mierda.
Pero, mientras corre, siente cómo fluye el aire dentro sí mismo, recordando que hace unos meses subir una escalera le dejaba sin aire. Ahora duerme mejor, tiene más energía, no tiene dolor en la espalda y su cabeza funciona de otra manera cuando se mueve. Entiende, de una forma bastante profunda, que aquello le hace bien.
Ambas personas han corrido cinco kilómetros.
El reloj registra exactamente lo mismo.
Pero no ha ocurrido lo mismo.
Una ha cumplido una tarea. La otra ha reforzado una idea.
Y esa diferencia, que en una mañana parece insignificante, dentro de cinco años puede ser gigantesca.
Porque cuando llegue el día malo, y llegará, una necesitará una orden. La otra tendrá una razón.

III. LA DISCIPLINA NO ES LA LLAVE
Muchas transformaciones parecen cosa de la disciplina, y sin embargo son una cuestión de significado. Por mi condición de entrenador personal, uno que pretende aportar algo superior a lo habitual, y por tener cierta sensibilidad extra, veo más allá de lo que dicen y hacen las personas y los alumnos con los que trato. Y veo constantemente una ansiedad por la acción, sin determinar antes un «por qué» realmente sólido.
Esta idea me parece especialmente importante, pues vivimos obsesionados con mejorar el método. Yo mismo he estado ahí. Otro entrenamiento, otra dieta, otra aplicación, otro sistema, otra rutina de mañana, otro señor explicándote cómo organizar tu vida mediante cuatro colores y un calendario de Google.
Y sí, a veces necesitamos un método mejor.
Pero a menudo estamos intentando abrir una puerta con una cuchara.
Una cuchara cojonuda. Una cuchara de acero inoxidable, respaldada por estudios científicos, recomendada por siete expertos y con un podcast de dos horas explicando cómo utilizarla.
Pero una jodida cuchara.
Quizá solo necesitas relajarte, comprender profundamente las tres únicas cosas que te importan realmente en este mundo y… recoger la llave que siempre tuviste contigo, dentro de ti.
Hay personas que llevan diez años queriendo perder peso y saben prácticamente todo lo que habría que hacer. Han contado calorías, hecho ayuno, dejado el pan, recuperado el pan, vuelto a dejar el pan, comido avena, odiado la avena, comprado unos batidos super extra deluxe…
Saben qué es la proteína, qué son los hidratos, cuánto engorda una pizza y cuántas calorías tiene un huevo.
Y siguen en el mismo sitio.
No les falta información (de hecho, les sobra).
Simplemente nunca han cambiado la idea que tienen sobre cuidarse. Son la representación de la enloquecida sociedad en la que vivimos.

Si tú sigues pensando que entrenar es un castigo por haber engordado, tendrás que obligarte a entrenar. Si sigues viendo que comer bien como una penitencia, cada ensalada será una pequeña condena. Si en tu cabeza “estar en forma” sigue siendo una cosa que haces durante unos meses antes de volver a tu vida normal, entonces tarde o temprano volverás a tu vida normal.
La acción puede cambiar.
La idea sigue intacta.
Y las ideas nos harán a su imagen y semejanza (guiño, guiño)
IV. «TENGO QUE»
“Tengo que obligarme.”
Tengo que obligarme a entrenar. Tengo que obligarme a leer. Tengo que obligarme a comer bien. Tengo que obligarme a trabajar en mi proyecto.
Dentro de ese «tengo que» hay dos yo.
El yo que te obliga y el yo que intenta escapar.
Uno tira del brazo y el otro otra se agarra al marco de la puerta como un gato cuando intentas meterlo en el transportín.
Puedes vivir así durante bastante tiempo. Todos lo hacemos en ciertos momentos. Sin embargo, como dijo una vez un grande: «Toda verdad ignorada espera su venganza». Si te haces el longuis durante demasiado tiempo, mirando constantemente hacia otro lado, dejando a tu yo miserable ganar la batalla una y otra vez… irán llegando cada vez más pesares y peores sustitos.
Si toda tu vida depende de una guerra civil permanente entre la persona que quiere cambiar y la persona que odia el cambio… Tarde o temprano una de las dos se cansará.
Y normalmente se cansa la que está intentando ser responsable.
La otra lleva años entrenando para esto. Es una profesional.
Así que cambia la estrategia.
Tengo que, tengo que, tengo que…
Tienes que ser menos tonto, amigo.
V. LA LLAVE NO ES LA MOTIVACIÓN
Llegados hasta este punto, aún podríamos caer en el error más obvio: pensar que la llave consiste en saber como motivarse cada vez que lo necesitemos.
No.
La motivación está muy bien, pero es un animal un poco imbécil. Un lunes aparece vestida de general romano y te hace pensar que en seis meses hablarás tres idiomas, tendrás abdominales y una empresa que factura siete cifras. El martes es una princesa sensible. Y el miércoles está tirada en el sofá comiendo galletas y viendo vídeos de mapaches liándola.
No pondría nada importante bajo su custodia.
La llave es otra cosa.
Es una comprensión profunda.
Una idea que cambia la manera en la que miras una realidad.

Y lo interesante es que, algunas veces tarda años en aparecer, y otras veces, llega en un segundo. Una conversación, una pérdida, un susto, una frase, un momento ridículo, una imagen, un día cualquiera en el que miras algo que has visto mil veces y, por primera vez, «lo ves».
Esto ocurre.
Hay momentos en los que, objetivamente, no ha cambiado nada. Sigues pesando lo mismo, tu cuenta bancaria indica el mismo dinero, tu trabajo sigue siendo igual de pesado y tu vecino continúa poniendo la lavadora a unas horas que deberían estar penadas por ley. Pero dentro se ha movido una pieza. Una idea ha encajado.
Clic.
Y, aunque desde fuera nadie pueda notarlo, ya no eres exactamente la misma persona.
Esto es fascinante, pues las grandes transformaciones suelen tardar mucho, pero la idea que las desencadena puede aparecer de golpe.
Construir una empresa puede llevar diez años.
Cambiar tu cuerpo puede llevar uno.
Aprender algo profundamente puede llevar media vida.
Pero una puerta se abre en un segundo.
VI. NO EMPUJES MÁS
Hay una idea de Kingdom Hearts (uno de los videojuegos que más me marcaron en mi infancia y adolescencia) que dice así:
Los mundos tienen cerraduras.
Y las puertas de estos mundos no se abren empujando más fuerte. Necesitas una llave.
Me parece bastante preciso.
Nosotros somos muchísimo de empujar. Más fuerza, más disciplina, más huevos, más productividad, más esfuerzo, más levantarse a las cinco, más duchas frías, más agendas, más planificación, más “si quieres puedes”.
A veces funciona. Si tienes una factura que entregar mañana, quizá no necesitas emprender un viaje interior. Te pones con ello y punto.
Pero hay otras puertas donde llevas años empujando.
“Tengo que ponerme en forma.” Empujas.
“Tengo que dejar este trabajo.” Empujas.
“Tengo que organizarme.” Empujas.
“Tengo que montar aquello.” Empujas.
“Tengo que dejar de relacionarme siempre de esta forma.” Empujas.
Y la puerta sigue cerrada.
Para cambiar de mundo no puedes tirar de puro esfuerzo.

¿Has localizado la cerradura acaso? ¿Y la llave?
VII. ¿Y POR LA VENTANA?
¿Y si encuentro un atajo? Una puerta secreta, la chimenea… ¡o una ventana!

Sería esta una propuesta muy en la línea de la sociedad en la que vivimos, en la que damos un papel protagonista a la industria farmacéutica y alimentaria. Te venderán todo tipo de sustancias, dándote la sensación de que está invirtiendo muy bien tu dinero. Y la realidad es justo la contraria, te está haciendo tirar el dinero a mansalva a cambio de, literalmente, nada.
Puedes perder veinte kilos sin cambiar la relación que tienes con tu cuerpo, ganar mucho dinero sin importarte a quién tengas que pisotear para conseguirlo, o empezar una relación nueva sin cambiar nada de lo que destrozó las anteriores.
Puedes, en resumidas cuentas, colarte a esa casa de forma ilegal.
Te sientas en el sillón como si fueras el anfitrión pero… escuchas pasos en el pasillo y se te acelera el corazón. Alguien toca una puerta y casi te da un infarto.
Sabes que, aunque estás dentro, aquello no es tuyo.
Mucha gente vive sus transformaciones de esta manera. Han llegado al sitio, perro no sienten que pertenezcan a ese lugar. Y al final acaban regresando a su antigua morada.
La solución es tan sencilla como parece, consigue la llave por un método decente y entra por la puerta principal.
VIII. “YO NO SOY ASÍ”
He aquí una de las cerraduras más diabólicas que existen.
Yo no soy así.
No soy deportista. No soy constante. No soy disciplinado. No soy creativo. No soy emprendedor. No soy de leer. No soy bueno hablando con gente. No soy de madrugar. No soy de esas personas.
Qué curioso.
¿Quién decidió todo eso? ¿Hubo una reunión? ¿Firmaste algo?

¿Existe una especie de oficina estatal donde a los siete años un funcionario analiza tu comportamiento y estampa un sello?
SAMUEL. NO ES PERSONA DE CORRER. ARCHÍVESE.
Hablamos de nuestra identidad como si estuviera tallada en granito, cuando muchas veces no es más que una colección de experiencias antiguas interpretadas de una manera bastante pobre.
Intentaste entrenar tres veces y lo dejaste: “No soy constante”.
Montaste algo y salió mal: “No sirvo para los negocios”.
Te costaba leer en el colegio: “No soy de libros”.
Un profesor te dijo a los doce años que escribías mal y, treinta años después, el pedazo de cretino sigue viviendo gratis en tu cabeza.
No se trata de ir al otro oloroso extremo, el de decirte a ti mismo delante del espejo que eres una persona nueva y maravillosa. Eso también huele muy mal.
Simplemente preguntáte:
¿Y si esa historia que cuento sobre mí no fuera completamente cierta?
De hecho, ¿acaso importa demasiado cuál es la historia que te cuentas sobre ti? ¿No eres un poquito pretencioso? ¡Espabila y déjate de rollos!
Disculpa.
Me caliento y empiezo a vociferar.
Centrémonos.
Quizá no odias entrenar. Quizá odiaste todas las formas de entrenamiento que conociste.

Tal vez no eres desorganizado. Nunca aprendiste a organizarte.
A lo mejor no tienes poca disciplina. Es muy posible que lleves todos estos años utilizando una cantidad inmensa de disciplina para soportar una vida que no te gusta.
Nadie es incapaz de cambiar. Y tú no eres la excepción. Sencillamente estabas empujando la puerta equivocada.
IX. ENCONTRAR LA LLAVE
Aquí viene la parte poco comercial del asunto.
Nadie te dirá cuál es tu llave.

Sería fantástico que yo mismo pueda decírtelo. Podría crear un PDF llamado LAS 7 LLAVES PARA DESBLOQUEAR TU MEJOR VERSIÓN, ponerle una portada negra con letras doradas y venderlo por 29,97 €.
Pero no funciona así.
Una misma acción puede abrirse con llaves completamente diferentes.
Una persona empieza a entrenar cuando entiende con certeza que quiere tener un cuerpo del que sentirse orgullosa.
Y otra cuando comprende profundamente que quiere llegar a los sesenta años pudiendo jugar con sus hijos.
A veces, todo comienza cuando descubres que entrenar una hora es uno de los pocos momentos del día en los que haces algo enteramente para ti misma.
Otras veces, el momento llega cuando entiendes que tu cuerpo está aquí para jugar a tu favor, no en el equipo contrario.
Y cuando tienes un buen significado, la acción deja de necesitar tantos empujones. Ahora hay algo que también tira de ti desde el otro lado.
Eso es una llave.
X. LA PUERTA NO RECORRE EL CAMINO
Quizá esto es obvio, pero conviene aclararlo. Encontrar la llave no hace el trabajo por ti.
No basta con comprender, después hay que andar. La comprensión no sustituye a la acción, le da dirección. Y permite que esa acción perdure.
Cuando abras la puerta tendrás todo un mundo por explorar. Me pregunto que seres fantásticos te encontrarás allí. ¡A lo mejor te encuentras un fantasma! No te vayas a acobardar ahora, ¿eh?
Y si aparece alguna abominación, mírala a los ojos y desenvaina tu espada.

XI. LAS LLAVES FALSAS
No todas las llaves son buenas. El miedo o la vergüenza pueden abrir una puerta, y el odio hacia ti mismo es una llave potentísima. Una ruptura, una humillación, un insulto, una necesidad enfermiza de demostrar algo…
“Voy a ponerme fuerte para que se arrepienta.”
«Voy a cambiar el mundo, para que no vuelvan a reírse de mí».
Moverás montañas. Y también una cantidad importante de desequilibrios psicológicos. En internet no paro de ver estos perfiles de aparente éxito, pero con la mandíbula de cristal. Seguramente llegaron hasta ahí espoleadas por la vanidad y la apariencia.
Puedes transformar tu cuerpo odiándolo, o construir una empresa entera para demostrarle a alguien que se equivocó contigo.
El problema es que el monstruo que utilizaste como combustible te acompañará también a tus nuevos dominios. Y te mirará constantemente con cara de loco, pidiéndote lo que se le antoje
—Sácame de paseo mi repugnante esclavo Samuel. Ah, no, que los esclavos no merecen llevar nombre. Esclavo C, llévame de paseo.
—Esclavo C, róbale los caramelos a esa niña.
—Esclavo C, toma nota. A partir de ahora esa mosca mugrienta tomará tu nombre y tú seguirás sus órdenes. Tu pasarás a llamarte Hez 45.

Ten cuidado con tener a un monstruo como amo, ¿vale?
XII. DEJAS DE HABLAR DE ELLO
En un capítulo anterior me salió del alma aquello de: «De hecho, ¿acaso importa demasiado cuál es la historia que te cuentas sobre ti? ¿No eres un poquito pretencioso? ¡Espabila y déjate de rollos!». Ese rebuzno fue un anticipo a este capítulo.
Hay un momento especialmente interesante en cualquier transformación real. Dejas de darle tanta importancia.
Al principio todo ocupa muchísimo espacio mental.
“Tengo que entrenar.” “Tengo que comer bien.”
“Tengo que trabajar en el proyecto.” “Tengo que leer.”
“Tengo que organizarme.”
Cada acción necesita una reunión previa de Naciones Unidas.
Debates. Negociaciones. Contraofertas. Excusas. Mociones de censura. Luego, poco a poco, aquello se integra.
Entrenas. Y punto.
Lo que antes era una decisión se ha convertido en una parte normal de ti. La casa ya no parece nueva.
Ya no eres una visita. Vives allí. Y sin monstruos.
Yo creo que esta actitud de no darle tanta importancia, aunque parezca algo contradictorio, es fundamental de cara al verdadero cambio. Ha de ser un equilibrio entre tensión y relajación. Tus ideas han de ser claras, y tu esfuerzo el justo y necesario.
XIII. CLIC
Tenemos una tendencia curiosa a imaginar los grandes cambios como algo muy cinematográfico. Pero pueden ocurrir en cualquier momento, por muy mundano que parezca. Mientras estás sentado en el coche, caminando, hablando con alguien, duchándote o haciendo la compra… De repente, una idea encuentra el sitio exacto donde encajar y piensas: «hmmm, así que era eso»
Y ya.
Hay cosas que, una vez vistas, ya no puedes «desver». Al día siguiente seguirás teniendo la misma cara y el mismo cuerpo, pero algo se habrá movido. Ayer había una puerta cerrada. Hoy, por alguna razón, ya no.
No obstante, tampoco te des mucho a la contemplación, esperando a que llegue la señal. Concéntrate ahora, no dentro de un año. Quizá llevas tiempo intentando cambiar algo: tu cuerpo, tu trabajo, tu forma de vivir, tus relaciones o tu manera de pensar. Sin embargo, saber qué necesitas cambiar y cómo hacerlo no significa haber encontrado la llave.

Puedes memorizar un camino entero sin tener ningún deseo real de recorrerlo. Puedes tener un plan perfecto delante de una puerta cerrada. Puedes hacer durante meses todas las cosas correctas y seguir, en el fondo, sin creer en ello.
Por ello, antes de añadir otra tarea u otro hábito, quizá merezca la pena detenerse un momento y mirar con serenidad a la puerta correcta. ¿Ves la cerradura? Pregúntate qué hay detrás y, sobre todo, por qué demonios quieres pasar al otro lado.
Puede que descubras que no quieres. Perfecto. Hay muchas puertas que intentamos abrir simplemente porque alguien nos dijo que detrás estaba la vida correcta: el trabajo correcto, el cuerpo correcto, la forma correcta de tener éxito. Te la suda a partir de ahora mismo. Hay puertas que no son tuyas.
Pero quizá haya otra puerta que sí está hecha a tu medida.
Una que llevas años rodeando. Una que te incomoda mirar directamente porque sabes, de algún modo, que esconde algo importante sobre ti. Y si de encontrar la llave correspondiente se trata, puede que, después de mucho tiempo buscándola fuera, la encuentres en tu propio bolsillo: una idea, una razón, una nueva forma de entenderte. No necesariamente es algo espectacular, ni tampoco algo nuevo. A veces es una idea que ya habías escuchado cien veces, pero que nunca había entrado en ti.
Introduces esa idea (la llave) en la cerradura.
Giras.
Clic.

Ha llegado el momento.